EL SOLDADO*

/ Ricardo Flores Magón

soldier

Soldier (The kozy Shack)

 

El trabajador y el soldado se encontraron en un camino.

¿Adónde vas?, preguntó el soldado.

A la fábrica, contestó el trabajador; y tú, ¿adónde vas?
Voy al cuartel; el pueblo de X… se ha sublevado y hemos recibido órdenes de ir a sofocar la rebelión a sangre y fuego.

Pudieras decirme, preguntó el trabajador, ¿por qué se ha sublevado esa gente? —Ciertamente que sí puedo decírtelo: esa gente, de la noche a la mañana se negó a pagar los alquileres de las casas, los arrendamientos de la tierra, las contribuciones al Gobierno, y cuando la autoridad se presentó para echar de las casas a los inquilinos y expulsar de la tierra a los arrendatarios, al mismo tiempo que a hacer efectivo el pago de las contribuciones al Gobierno, los habitantes se resistieron, apuñalearon al juez, al notario, a los escribientes, a los gendarmes, al presidente municipal y a todos los cagatintas; quemaron los archivos y enarbolaron, en el edificio más alto, una bandera roja con una inscripción en letras blancas que dice: “Tierra y Libertad”.


El trabajador se estremeció. Pensó que eran los de su clase, los pobres, los desheredados, los proletarios, los que se habían rebelado.

¿Y vas a batirlos?, preguntó al soldado.
Claro que sí, respondió el esclavo de uniforme. Esos habitantes están atentando contra el derecho de propiedad individual y el deber del Gobierno es cuidar los intereses de los ricos.

Pero tú no eres rico, dijo el trabajador al soldado; ¿qué interés tienes en matar a esas gentes?
Tengo que hacer respetar la ley, dijo secamente el soldado.
¿La ley?, gritó el trabajador. ¡La ley sostenedora del privilegio! ¡La ley que es carga para los de abajo, garantía de libertad y de bienestar para los de arriba! Tú eres pobre, y sin embargo sostienes la ley que aplasta a los de tu clase. Tus padres, tus hermanos, tus parientes son pobres; los que se han sublevado en X… son pobres que sufren lo mismo que tú, y tus padres y tus parientes, ¡y tal vez alguno de los de tu familia figure entre los rebeldes!

El soldado se encogió de hombros, escupió sobre el yerbajo que bordeaba el camino, lanzó una mirada de desprecio al trabajador y gritó altanero:¡La ley debe estar sobre todas las cosas! Si mi padre la infringe, a mi padre mataré, porque así me lo ordena la ley!
Bueno, dijo el obrero; ¡marcha a asesinar a la carne de tu carne y a la sangre de tu sangre!

El trabajador y el soldado continuaron su marcha en direcciones opuestas: el primero a trabajar para hacer más rico al amo; el segundo a matar para asegurar al amo el tranquilo disfrute de “sus” riquezas.

X… era teatro de una actividad, de una alegría, de un entusiasmo sin límites. Los tristes semblantes de la víspera habían desaparecido. Todos los habitantes estaban en la calle celebrando el día de la libertad. Un anciano arengaba a la multitud de esta manera:

Compañeros: ahora cada uno de nosotros es el amo de sí mismo; celebremos nuestra victoria; inventariemos todo lo que existe en la población y en sus alrededores, para saber con qué elementos contamos en provisiones y útiles de trabajo, y en seguida, mis hermanos, una vez que hayamos celebrado nuestro triunfo, dediquémonos a trabajar para producir cosas útiles para todos y…

No pudo concluir la frase. ¡Se oyó el disparo de un arma de fuego, y el anciano, mortalmente herido, cayó para no levantarse más, la cara vuelta hacia el sol.

El soldado había matado a su padre…

Cuento publicado en Regeneración, 4ta. época, núm. 92, 1 de junio de 1912.

EXPROPIACIÓN (CUENTO)

/ Ricardo Flores Magón

rebelarse

La noche anterior habíase reunido la peonada. Ya aquello no era vivir; los amos nunca habían sido tan insolentes ni tan exigentes. Era necesario que aquello acabase de una vez. El hombre que había estado conversando con ellos una semana antes, tenía razón: los amos son los descendientes de los primeros bandidos que, con el pretexto de civilizarlos, habían llegado en son de guerra, despojando de sus tierras a los indios, sus antepasados, para convertirlos en peones. ¡Y qué vida la que habían arrastrado por siglos! Tenían que resignarse a aceptar maíz y frijol agorgojados, para su alimentación, ¡ellos que levantaban tan frescas y abundantes cosechas! ¿Se moría una res en el campo? Esa era la única vez que probaban la carne, carne hedionda ya; pero que el amo se hacía pagar a precios de plaza sitiada. ¿Había mujeres bonitas entre los esclavos? El amo y los hijos del amo tenían el derecho de violarlas. ¿Protestaba algún peón? ¡Iba a dar derechito al Ejército para defender el sistema que lo tiranizaba!

Hacía ocho días que había estado con ellos un hombre que ni se supo por donde había llegado, ni se supo después por dónde ni cuándo se había ido. Era joven; sus manos, duras y fuertes, no dejaban lugar a duda de que era un trabajador; pero, por el extraño fulgor de sus ojos, se descubría que algo ardía tras de aquella frente tostada por la intemperie y surcada por una arruga que le daba el aire de hombre inteligente y reflexivo. Ese hombre les había hablado de esta manera: “Hermanos de miseria, levantad la frente. Somos seres humanos iguales a los demás seres humanos que habitan la tierra. Nuestro origen es común, y la tierra, esta vieja tierra que regamos con nuestro sudor, es nuestra madre común, y, por lo mismo, tenemos el derecho de que nos alimente, nos dé la leña de sus bosques y el agua de sus fuentes a todos sin distinción, con una sola condición: que la fecundemos y la amemos. Los que se dicen dueños de la tierra, son los descendientes de aquellos bandidos que, a sangre y fuego, la arrebataron a nuestros antepasados, hace cuatro siglos, cuando ocurrieron aquellos actos de incendiarismo, de matanzas al por mayor, de estupros salvajes que la Historia consigna en este nombre: Conquista de México. Esta tierra es nuestra, compañeros de cadena: ¡tomémosla para nosotros y para todos nuestros descendientes!”

Desde ese día no se hablaba de otra cosa entre la peonada que de tomar la tierra, quitársela a los amos de cualquier manera. La cuestión era tomarla, levantar para ellos la cosecha, lanzar a los amos noramala y continuar los trabajos de la hacienda, libres ya de sanguijuelas. De ahí en adelante sería todo para los que trabajaban.

Desde entonces los amos notaron que los peones ya no se quitaban el sombrero en su presencia, y que había cierta digna firmeza en sus miradas: presintieron la catástrofe. Cuando el humilde levanta la frente, el soberbio la abate. El espíritu de rebeldía, por tantos años dormido dentro de los robustos pechos de los esclavos, había sido despertado por las sinceras palabras del joven propagandista. En los jacales se conspiraba. Reunidos alrededor de la lumbre, los campesinos y las campesinas, hablando en voz baja, discutían las palabras del joven agitador. “Sí, la tierra es nuestra madre común”, “y debe ser nuestra”; pero “¿cómo llegaremos a tenerla?”, preguntaban los más irresolutos. “La pediremos al Gobierno”, aconsejaban los que pasaban por sensatos, pero los más jóvenes, y sobre todo las mujeres, protestaban contra esas resoluciones cobardes y votaban por emplear la violencia. “Recordad”, decían los más exaltados, “que cuantas veces hemos pedido justicia o hemos protestado contra alguna infamia de nuestros amos, el Gobierno ha tomado los mejores de nuestros hermanos para encerrarlos en los cuarteles y en los presidios”. Y entonces, consultando su memoria, cada uno de aquellos hombres y de aquellas mujeres exponían ejemplos de esa naturaleza, que daban la razón a los exaltados. Se acordaban de Juan, que fue sacado de su jacal a altas horas de la noche, y fusilado cuando apenas había caminado media legua de las casitas, solamente porque no permitió al amo que abusase de su compañera. Los ánimos se enardecían al recordar tantas infamias pasadas y al comunicarse las presentes. Un cojo dijo: “Perdí mi pierna y mi brazo militando bajo las órdenes de Madero, y aquí estoy, cargado de familia y sin saber si mañana tendré para que mis hijos tengan un pedazo de tortilla que llevarse a sus boquitas”. Otro dijo: “Hoy me ordenó el amo que matase las cinco gallinas que tengo en mi corralito, pues de lo contrario las tomará él para el corral de la hacienda”. Otro más expuso: “Ayer me dijo mi hija que el señorito la ha amenazado con hacer que su padre me mande a presidio si no le entrega su cuerpo”.

Conversaciones parecidas había en los demás jacales. Se hablaba de lo duro del trabajo y lo miserable de la paga, y, tiritando, se acercaban al fuego. Como pudieron acordaron tener una reunión general. Ésta se llevó a efecto en la noche, en una cañada cercana. El frío era intenso; pero aquella masa humana no lo sentía; el ansia de ser libres ardía en todos los peones. Los “prudentes” abogaban todavía por enviar una comisión ante el Gobierno para que dieran tierra para todos; pero entonces se levantaba un vocerío formidable: “No, no queremos tratar con nuestros verdugos. ¡Muera el Gobierno y mueran los ricos!” Y las mujeres, con los niños en brazos, hablaban del hambre y la desnudez que sufrían, por la cobardía de los hombres. “¡No más hambre!”, gritaban. “¡A tomar la hacienda!”, volvían a gritar. Y los puños se cernían amenazadores; los andrajos flotaban al aire como negras banderas de venganza. Los cantiles multiplicaban la intensidad de aquel formidable vocerío. “¡A la casa de la hacienda!”, gritaron unas mujeres, y emprendieron vertiginosa carrera hacia el caserío, de donde el viento traía el ladrido de los perros inquietos, como si adivinaran el grandioso acto de justicia social que pocos minutos después debería ser consumado.

A las mujeres siguieron los hombres, llegaron al caserío, tomaron sus azadones, sus palas, lo que pudieron; y siguieron, envueltos en la sombra, su carrera hacia la casa de la hacienda… Una descarga cerrada recibió a los asaltantes; pero unas cuantas flechas, bien dirigidas, arrasaron la fortaleza de los burgueses en unos cuantos minutos, pereciendo en sus ruinas los descendientes de aquellos bandidos que, a sangre y fuego y estuprando virginidades, habían despojado de la tierra a los indios cuatro siglos antes…

Cuando los fulgores del incendio se disiparon, una claridad como de pétalos de rosa, diluidos en leche, comenzó a aparecer por el Oriente: el sol surgió al fin más brillante, más hermoso, como contento de iluminar las frentes de hombres libres, después de siglos de no alumbrar otra cosa que los lomos enlodados del rebaño humano.

Era digno de verse aquel gentío. Unos se dedicaban a contar las cabezas de ganado; otros hacían un recuento del número de seres humanos de la localidad; otros inventariaban las tiendas y los graneros; y cuando el sol descendía por la tarde incendiando las nubes; cuando los pajarillos se refugiaban en las copas de los árboles, ya sabían todos con qué recursos contaba la comunidad, y ésta ya se había puesto de acuerdo para reanudar los trabajos por su propia cuenta, y libres, para siempre, de amos.

Regeneración, 4ta. época, núm. 68, 16 de diciembre de l911; p. 1.

LA ESCLAVITUD VOLUNTARIA (CUENTO)

/ Ricardo Flores Magón

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Juan y Pedro llegaron a la edad en que es preciso trabajar para poder vivir. Hijos de trabajadores, no tuvieron oportunidad de adquirir una regular cultura que los emancipase de la cadena del salario. Pero Juan era animoso. Había leído en los periódicos cómo hombres que habían nacido en cuna humilde habían llegado, por medio del trabajo y del ahorro, a ser los reyes de las finanzas, y a dominar, con la fuerza del dinero, no sólo los mercados, sino las naciones mismas. Había leído mil anécdotas de los Vanderbilt2, de los Rockefeller3, de los Rothschild4, de los Carnegie5, de todos aquellos que, según la Prensa y hasta según los libros de lectura de las escuelas con que se embrutece a la niñez contemporánea, están al frente de las finanzas mundiales, no por otra cosa sino —¡vil mentira!— por su dedicación al trabajo y su devoción por el ahorro.

Juan se entregó al trabajo con verdadero ardor. Trabajó un año, y se encontró tan pobre como el primer día. A la vuelta de otro año se encontró en las mismas circunstancias. Y siguió trabajando más, sin desmayar, sin desesperar. Pasaron cinco años y se encontró con que, a fuerza de sacrificios, había logrado reunir algunas monedas, no muchas. Para ahorrarlas necesitó disminuir los gastos de su alimentación, con lo que debilitó sus fuerzas; vistió andrajos, con los que el calor y el frío lo atormentaron, debilitando igualmente su organismo; habitó miserable casuchas, cuya insalubridad aportó a su organismo su contingente debilitante. Pero Juan siguió ahorrando, ahorrando dinero a expensas de su salud. Por cada centavo que lograba guardar, perdía una parte de su fuerza. Para no pagar renta a propietario alguno compró un lote y fabricó una casa. Después se casó con una muchacha. El Registro Civil y el cura le arrancaron una buena parte de sus ahorros, obtenidos a costa de tantos sacrificios. Pasaron algunos años más: el trabajo no era constante, las deudas comenzaron a afligir al pobre Juan. Un día se enfermó uno de sus hijitos; el médico no quiso asistir al enfermito porque no se le ofrecía dinero; en el dispensario público atendieron tan mal a la criatura que ésta murió. Juan, sin embargo, no se daba, por vencido. Recordaba sus lecturas sobre las famosas virtudes del ahorro y otras patrañas por el estilo. Tenía que ser rico porque trabajaba y ahorraba. ¿No habían hecho lo mismo Rockefeller, Carnegie y muchos más, ante cuyos millones suelta la baba la humanidad inconsciente? Entretanto los artículos de primera necesidad iban subiendo en precio de manera poco tranquilizadora. La ración alimenticia se disminuía hasta su extremo límite en el hogar del inocente Juan, y, a pesar de todo, las deudas aumentaban y ya no podía ahorrar un solo cobre. Para colmo de desdichas, el dueño de la negociación en que Juan comenzó a trabajar decidió emplear trabajadores por menos costo, y, nuestro héroe, y muchos más, se vieron de la noche a la mañana despedidos del trabajo, ocupando sus lugares nuevos esclavos que, como los anteriores, soñaban con riquezas amasadas a fuerza de trabajo y de ahorro. Juan tuvo que empeñar su casa, esperando todavía poner a flote la barca de sus ilusiones, que se hundía, se hundía sin remedio. No pudo pagar la deuda, y tuvo que dejar en las manos de los prestamistas el producto de su sacrificio, el pequeño bien amasado con su sangre. Obstinado, Juan quiso todavía trabajar y ahorrar, pero en vano. Las privaciones a que se sujetó por el ansia de ahorrar, el trabajo pesado que había ejecutado en los mejores años de su vida le habían destruido el vigor. En todas partes donde solicitaba trabajo se le decía que no había ocupación para él. Era una máquina de producir dinero para los amos, pero demasiado gastada ya. Las máquinas viejas son vistas con desprecio. Y, entretanto, la familia de Juan padecía hambre. En la negra casucha no había fuego, no había abrigos para combatir el frío, las criaturas pedían pan con verdadera furia. Juan salía todas las mañanas en busca de trabajo; pero ¿quién había de alquilar sus brazos viejos? Y después de recorrer la ciudad y los campos, llegaba al hogar, donde lo esperaban, contristados y hambrientos, los suyos, su mujer, sus hijos, los seres queridos, para quienes soñó las riquezas de Rockefeller, la fortuna de Carnegie.

Una tarde Juan se detuvo a contemplar el paso de ricos automóviles ocupados por personas regordetas, en cuyos rostros podía adivinarse la satisfacción de llevar una vida sin preocupaciones. Las mujeres charlaban alegremente, y los hombres, almibarados e insignificantes, las atendían con frases melifluas que habrían hecho bostezar de fastidio a otras mujeres que no hubieran sido aquellas burguesas.

Hacía frío; Juan tembló pensando en los suyos, que le esperaban en la negra casucha, verdadera mansión del infortunio. Cómo habrían de tiritar de frío en aquel instante; cómo debían sufrir las torturas indescriptibles del hambre; qué amargas deberían ser las lágrimas que derramasen en aquellos momentos. El desfile elegantísimo continuaba. Era la hora de exhibición de los ricos, de los que, según el pobre Juan, habían sabido “trabajar” y “ahorrar” como los Rothschild, como los Carnegie, como los Rockefeller. En un lujoso carruaje venía un gran señor. Su porte era magnífico. Tenía canas, pero su rostro estaba joven. Juan se llevó la mano a los ojos para limpiarlos, temiendo ser víctima de una ilusión. No, no le engañaban sus viejos y opacos ojos: aquel gran señor era Pedro, su camarada de la infancia. “Cuánto ha de haber trabajado y ahorrado”, pensó, Juan, “para que haya podido salir de la miseria y llegar a tanta altura y ganar tanta distinción”.

¡Ah, pobre Juan!: no había podido olvidar los imbéciles relatos de los grandes vampiros de la humanidad; no había podido olvidar lo que leyó en los libros de las escuelas, en que tan concienzudamente se embrutece al pueblo.

Pedro no había trabajado. Hombre sin escrúpulos y dotado de gran malicia, había podido apercibirse de que lo que se llama honradez no es fuente de riquezas, y se echó a engañar a sus semejantes. Apenas reunido algún fondito, instaló un taller y alquiló manos baratas; de ese modo fue subiendo. Ensanchó sus negocios y alquiló más manos, y más y más, y se convirtió en millonario y en gran señor, gracias a los innumerables “Juanes”, que toman a pies juntillas los consejos de la burguesía.

Juan continuó presenciando el brillante desfile de haraganes y haraganas. En la esquina próxima un hombre dirigía la palabra al público. Escaso auditorio tenía, en verdad, aquel orador. ¿Quién era? ¿Qué predicaba? Juan fue a escuchar.

Compañeros, decía el hombre, ha llegado el momento de reflexionar. Los capitalistas son unos ladrones. Sólo por medio de malas artes se puede llegar a millonario. Los pobres nos deslomamos trabajando, y cuando ya no podemos trabajar, nos despiden los burgueses como dejan sin amparo al caballo envejecido en el servicio. ¡Tomemos las armas para conquistar nuestro bienestar y el de nuestras familias!

Juan lanzó una mirada despreciativa al orador, escupió al suelo con coraje y se marchó a la casucha negra, donde lo esperaban afligidos, con hambre y con frío, los seres queridos. No podía morir en él la idea de que el ahorro y la laboriosidad hacen la riqueza del hombre virtuoso. Ni ante el infortunio inmerecido de los suyos pudo reaccionar el alma de aquel miserable, educado para esclavo.

1 Regeneración, 4ta. época, núm. 21, 21 de enero de 1911; p. 2.

2 Vanderbilt, Cornelius. (1794-1877) Empresario neoyorkino que hizo su fortuna en la industria del transporte marítimo y ferroviario. Patriarca de la familia del mismo nombre.

3 Rockefeller, John Davison (1839-1937). Fundador de la Standard Oil Company. Dicha compañía fue acusada de prácticas monopólicas y dividida hacia 1911. Creador del sistema moderno de la filantropía norteamericana.

4 Amschel Bauer, Mayer (1744-1812). Financiero y prestamista vinculado comercialmente a la nobleza alemana, misma que le concedió el apellido Rothschild. Creo su fortuna con empréstitos estatales, servicios de correo, etc.. Fundador de la dinastía que lleva ese nombre.

5 Carnegie, Andrew (1835-1919). Empresario de origen escocés. Creador de una de las corporaciones más influyentes de los Estados Unidos la US Steel, considerada hacia los años 1890 como la más grande y rentable del mundo. En 1901 vendió su compañía a J. P. Morgan y se dedicó a la filantropía.

Publicado en #RevistaParadoxa edición 11, julio 2016.

¿SERÁ ETERNA LA INJUSTICIA? (CUENTO)

/ Anselmo Lorenzo

mural

Pedro, Juan y Andrés nacieron en un mismo año y en un mismo pueblo.

Pedro era hijo del usurero en jefe de la comarca, Juan de un pobre gañán y Andrés del mayor contribuyente por territorial de aquel vecindario.

A los diez años los tres chiquillos iban a la escuela, y no importándoles nada las diferencias sociales que les separaban, juntos se entregaban a las ingenuas alegrías de la infancia.

Ocho años después, Pedro estudiaba teología en un seminario, Juan trabajaba en la herrería del pueblo y Andrés, graduado de bachiller, había empezado el estudio del derecho en la universidad.

A los veinticinco años, en un mismo día, Pedro canta misa, Juan perora en un mitin socialista y Andrés se presenta como candidato en una reunión electoral.

A los cincuenta años Pedro es obispo, Juan presidiario y Andrés ministro. Pedro encubrió su ambición bajo la capa de la humildad y, a fuerza de servilismo, astucia y constancia, llegó a colarse en una vacante episcopal.

Juan, trabajador, buen compañero y padre de familia, fomentaba la ilustración entre los suyos; lo que le atrajo el odio burgués y un proceso fundado en una calumnia le despojó del honor y le privó de libertad.

Andrés, excelente retórico, despreocupado adorador del éxito y aprovechado adulador del cacique dominante, fue periodista, diputado y gobernador y, ascendiendo debidamente, elevóse a ministro.

La usura y la usurpación dieron a Pedro y a Andrés posición social privilegiada, en la cual vivieron honrados, tranquilos y satisfechos, lo que da alta idea de la eficacia moralizadora de aquella terrible amenaza repetida sin cesar durante diez y nueve siglos: “¿,qué aprovecha al hombre si granjease todo el mundo y se pierde él a sí mismo?” o de la fe que tienen los creyentes en estas palabras del Maestro: “cualquiera de vosotros que no renuncie a todas las cosas que posee, no puede ser mi discípulo.”

En cambio el pobre Juan, heredero de la miseria paterna, desheredado del patrimonio universal, partícipe de la desgracia común a todos los que viven sin alcanzar el nivel social del derecho, deshonrado y víctima de la explotación y de la usura, se hunde en la desesperación y el desconsuelo, siendo la negación en carne y hueso de esta señal dada por Cristo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuvieseis amor los unos a los otros.”

Y la injusticia no se detiene ante la tumba: Pedro y Andrés, en posesión durante su vida de ese despojo de los pobres que llaman fortuna, rodeados de atenciones y cuidados, tuvieron buena vejez, y por si de veras hay un dios a quien engañan con hipocresías, tomaron los sacramentos a última hora y, pensando piadosamente, estarán en la gloria oyendo la música celestial; pero Juan, que protestó toda su vida contra la iniquidad triunfante y mandó a paseo al cura que ante la muerte le pedía la complicidad de la resignación…

Tranquilízate, lector, no supongas a Juan en el infierno; su vida es una de tantas que, a semejanza de tenue copo de nieve, forma aquel potente y vigoroso alud revolucionario que un día aplastará esa sociedad infame que formaron los malos para explotar a los pobres.

Publicado en #RevistaParadoxa edición 10 / junio 2016

¡SIN TRABAJO! (CUENTO)*

/Émile Zola

Ernesto-de-la-carcova-Sin-pan-y-sin-trabajo

“Sin pan y sin trabajo”, obra de Ernesto Carcova (1894)

I

Por la mañana, cuando los obreros llegan al taller, encuéntranlo frío, como obscurecido con la tristeza que se desprende de una ruína. En el fondo de la sala principal, la máquina está silenciosa, con sus brazos delgados, sus ruedas inmóviles; y ella, cuyo soplo y movimiento animan habitualmente toda la casa, con los latidos de su corazón de gigante, incansable en la faena, agrega al conjunto una melancolía más. El amo baja de su despacho y con aire de tristeza dice a sus obreros: —Hijos míos, hoy no hay trabajo… Ya no vienen pedidos, de todas partes recibo contraórdenes, voy a quedarme con las existencias entre las manos. Este mes de Diciembre, con el cual contaba, este mes que otros años es de tanto trabajo, amenaza arruinar las casas más fuertes… Es preciso suspenderlo todo. Y al ver que los obreros se miran unos a otros, con el espanto que les imbuye la idea de volver a casa, con el miedo del hambre que les amenaza para el día siguiente, añade en voz más baja: —No soy egoísta, no, os lo juro… Mi situación es tan terrible, más terrible tal vez que la vuestra. En ocho días he perdido cincuenta mil pesetas. Hoy paro el trabajo para no ahondar más la sima; ni siquiera tengo los primeros cinco céntimos de la suma que necesito para mis vencimientos del 15…

Ya lo veis, os hablo como un amigo, nada os oculto. Tal vez mañana mismo vengan a embargarme. No es nuestra la culpa, ¡no es cierto! Hemos luchado hasta última hora. Hubiera querido ayudaros a pasar días de apuro; pero todo ha acabado, estoy hundido; no tengo ya ni un pedazo de pan para partirlo. Después les tiende la mano. Los obreros se la estrechan silenciosamente. Y durante algunos minutos permanecen allí, mirando sus herramientas inútiles, con los puños cerrados. Otros días, desde el amanecer, las limas cantaban, los martillos marcaban el ritmo; y todo aquello parece que duerme ya en el polvo de la quiebra. Son veinte, son treinta familias que no tendrán qué comer la semana próxima. Algunas mujeres que trabajan en la fábrica sienten las lágrimas humedecerles los ojos. Los hombres quieren aparecer más resueltos. Se hacen los valientes, diciendo que la gente no se muere de hambre en París. Luego, cuando el amo los deja y le ven alejarse, encorvado en ocho días, abrumado tal vez por un desastre de mayores proporciones que las confesadas por él, van saliendo uno por uno, ahogados por la angustia, con el corazón oprimido, como si salieran del cuarto de un muerto. El muerto es el trabajo, es la máquina grande que permanece muda y cuyo esqueleto se destaca siniestro en la sombra.

II

El obrero está fuera de su casa, en la calle, en medio del arroyo. Ha paseado las aceras durante ocho días sin encontrar trabajo. De puerta en puerta ha ido ofreciendo sus brazos, sus manos, ofreciéndose él en cuerpo y alma para cualquier faena, para la más repugnante, la más dura, la más nociva. Y todas las puertas se han cerrado. Entonces se ofreció a trabajar por la mitad del jornal; pero las puertas permanecieron cerradas. Aunque trabajase de balde no se le podría admitir. Es la paralización del trabajo, la terrible paralización que toca a muerto para los que habitan en las buhardillas. El pánico ha parado las industrias, y el dinero, cobarde, se ha escondido. Al cabo de ocho días todo ha concluido. El obrero ha hecho una tentativa suprema y ahora vuelve con paso tardo, con las manos vacías, abrumado de miseria. La lluvia cae; aquella tarde París, inundado de barro, aparece fúnebre. El hombre va andando, recibiendo el chaparrón sin sentirlo, no oyendo más que su hambre y deteniéndose para llegar menos pronto. Inclínase sobre el parapeto del Sena: el río, cuyo caudal ha aumentado, corre con un rumor prolongado; la espuma blanca se desgarra en salpicaduras en uno de los tramos del puente. Inclínase más, la colosal riada pasa debajo de él lanzándole un llamamiento furioso. Después, piensa que sería una cobardía y se va. La lluvia ha cesado. El gas flamea en los escaparates de las joyerías. Si rompiese un cristal, tomaría pan para algunos años con abrir y cerrar la mano. Las cocinas de los restaurants se encienden; y detrás de las cortinas de muselina blanca, ve gentes que comen. Apresura el paso, vuelve a subir a los barrios extremos, encontrando en el camino las asadurías y pastelerías del todo París comilón, que se exhibe a las horas del hambre. Como la mujer y la pequeña lloraban por la mañana, les ofreció llevarles pan por la tarde. No se ha atrevido a decirles que había mentido, antes de que anocheciese. Al ir andando, pregúntase cómo entrará y qué les contestará para que tengan paciencia. Sin embargo, no pueden permanecer más tiempo sin comer. El probaría aún, pero la mujer y la pequeña son muy débiles. Un momento se le ocurre pedir limosna; pero cuando una señora o un caballero pasan a su lado y él intenta alargar la mano, su brazo se paraliza y la voz se ahoga en su garganta.

Entonces permanece plantado en la acera, mientras los transeúntes adinerados le vuelven la espalda, creyéndolo borracho, al ver su feroz semblante de hambriento.


III

La mujer del obrero ha bajado a la puerta de la calle, dejando arriba a la niña dormida. La mujer es muy delgada; lleva un vestido de percal. El viento helado de la calle la hace tiritar. Ya no le queda nada en casa: todo lo llevó al Montepío. Ocho días sin trabajo bastan para vaciar una casa. La víspera vendió a un trapero el último puñado de lana de su colchón: el colchón se fue así; ahora no queda más que la tela. Allá arriba la colgó delante de la ventana, para impedir que entre el aire, porque la niña tose mucho. Sin decir nada a su marido, ella también ha buscado por su parte. Pero la falta de trabajo ha alcanzado con más dureza a las mujeres que a los hombres. En la meseta de su cuarto oye a unas desgraciadas que lloran durante la noche. Encontró una de pie en el rincón de una calle; otra ha muerto; otra ha desaparecido. Afortunadamente, ella tiene un buen hombre, un marido que no bebe. Vivirían sin apuros si la falta de trabajo no les hubiese despojado de todo. Ha agotado el crédito: debe al panadero, al especiero, a la frutera y ya ni siquiera se atreve a pasar delante de las tiendas. Por la tarde fue a casa de su hermana a pedirle una peseta prestada, pero allí encontró también tal miseria, que se echó a llorar, sin decir nada, y las dos, su hermana y ella, estuvieron llorando mucho tiempo. Luego, al marcharse, la ofreció llevarle un pedazo de pan si su marido volvía con algo. El marido no vuelve. La lluvia cae; la mujer se refugia en la puerta; grandes gotas de agua caen a sus pies; un polvillo de agua atraviesa su falda. A ratos se impacienta, se echa fuera a pesar de la lluvia, va hasta el final de la calle para ver si ve a lo lejos al que espera. Y cuando vuelve, toda mojada, pasa la mano por sus cabellos para escurrir el agua; aun cobra paciencia, sacudida por cortos calofríos de fiebre. Los transeúntes al ir y venir la codean y la pobre mujer se encoje cuanto puede para no molestar a nadie. Los hombres la miran frente a frente y a ratos siente alientos calientes que la rozan el cuello. Todo el París sospechoso, la calle con su lodo, sus claridades crudas y el rodar de los coches, parecen querer cojerla y arrojarla al arroyo. Tiene hambre, pertenece a todo el mundo. Enfrente hay un panadero, y la pobre mujer piensa en la pequeña que duerme arriba. Después, cuando al fin el marido aparece, rozando como un miserable las paredes de las casas, se precipita a su encuentro, y le mira ansiosamente. —¿Qué hay? —dice balbuceando. En vez de contestar, el obrero baja la cabeza. Entonces, la mujer sube la primera, pálida como una muerta.

IV


Arriba la pequeña no duerme. Se ha despertado, y está pensando enfrente de un cabo de vela que se extingue en un extremo de la mesa. Y no se sabe qué pensamiento terrible y doloroso pasa sobre la faz de aquella chicuela de siete años, con rasgos serios y marchitos de mujer hecha. Está sentada sobre el borde del cofre que le sirve de cama. Sus pies desnudos tiemblan de frío, sus manos de muñeca enfermiza aprietan contra el pecho los trapos con que se cubre. Siente allí una quemadura, un fuego que quisiera apagar. Está pensado.

Nunca ha tenido juguetes. No puede ir a la escuela porque no tiene zapatos. Recuerda que cuando era más pequeña su madre la llevaba a tomar el sol. Pero aquello está lejos. Fue preciso mudar de habitación, y desde aquella época le parece que un gran frío sopló dentro de su casa. Desde entonces nunca ha estado contenta; siempre ha tenido hambre. Es una cosa profunda en la cual penetra sin poder comprenderla. Pues qué, ¿todo el mundo tiene hambre? Ha procurado, sin embargo, acostumbrarse a eso, pero no ha podido. Piensa que es demasiado pequeña y que es preciso ser grande para saber. La madre sabe, sin duda, esa cosa que se oculta a los niños. Si se atreviese, preguntaría quién nos trae así al mundo para que se tenga hambre. ¡Luego, en su casa todo es tan feo! Mira la ventana, donde el viento sacude la tela del colchón, las paredes desnudas, los muebles rotos, toda aquella vergüenza de buhardilla, que la falta de trabajo ensucia con su desesperación. Imagina haber soñado con habitaciones bien calientes, en las que había cosas que relucían; cierra los ojos para volverlas a ver, y a través de sus párpados adelgazados, la llama de la vela se convierte en un gran resplandor de oro, en el que desearía entrar. Pero el viento sopla y por la ventana llega una corriente tan fuerte de aire que la produce un acceso de tos. La niña tiene los ojos llenos de lágrimas. Antes tenía miedo cuando la dejaban sola; ahora no sabe, lo mismo le da. Como no se ha comido desde la víspera, cree que su madre ha bajado a buscar pan. Entonces esta idea la divierte. Cortará su pan en pedazos pequeñitos, los irá cogiendo despacio, uno por uno. Jugará con su pan. La madre ha vuelto, el padre ha cerrado la puerta. La niña les mira las manos a los dos, muy sorprendida. Y, como nada dicen, al cabo de un momento la pequeña repite con tono de canturia:

Tengo hambre, tengo hambre. El padre, en un rincón, se ha cogido la cabeza entre los puños; allí permanece abrumado, sacudidas las espaldas por desgarradores y silenciosos gemidos. La madre, conteniendo sus lágrimas, acuesta la pequeña. La tapa con todos los andrajos que hay en la casa; le dice que sea buena, que duerma. Pero la niña, a la que el frío hace dar diente con diente y que siente el fuego de su pecho quemarla con más fuerza, se hace atrevida. Se cuelga del cuello de su madre y muy quedito: —Di, mamá, le pregunta, ¿pero por qué tenemos hambre?

*Cuento extraído del libro: Dinamita cerebral. Colección de cuentos anarquistas. Biblioteca virtual Omegalfa.

Publicado en #RevistaParadoxa edición 9 / mayo 2016