LA ABUELITA AYAHUASCA: EL TEJIDO MÁGICO DE LA MADRE CÓSMICA

/ Oneiros Cordovero

Ayahuasca Inspired April 2012

Ayahuasca inspired 2012 / Howard G. Charing

Introducción a la selva primigenia:

Recientemente asistí a una ceremonia de la llamada “Ayahuasca”. Ésta es una mezcla de la liana <banisteriopsis caapi> y algunas hojas de árboles que portan dentro de sus componentes una fuerte carga de la molécula de la Dimetil-Triptamina (DMT). En cuanto a la liana, sabemos que crece en las profundidades de la selva amazónica y es a esta liana a la que se le conoce como ayahuasca, que se puede traducir como “la soga del muerto”, haciendo alusión a la conexión con el mundo de los muertos, los espíritus y los dioses. El DMT es un compuesto químico que se encuentra presente en muchísimas plantas y animales y, más notoriamente, en el cerebro del ser humano. El psiquiatra estadounidense Rick Strassman realizó estudios con respecto a la dimetiltriptamina, y escribió un libro titulado “DMT: la molécula del espíritu”[1]  en el cual menciona que el cerebro humano segrega una gran cantidad de DMT en tres momentos particulares de su vida: cuando nace, cuando sueña y cuando muere. La región cerebral donde se efectúa la producción de dimetiltriptamina, es en la glándula pineal[2], que se encuentra en una zona intermedia entre el lóbulo izquierdo y el derecho del cerebro y está asociada a la regulación de los ciclos de vigilia y sueño. Esta mezcla de la liana y las hojas de árbol, ha sido utilizada de manera religiosa, ritual y ceremonial por tradiciones ancestrales alrededor de las selvas amazónicas de Brasil, Perú, Colombia, Venezuela, Bolivia y Ecuador. Los nativos de dichas regiones han practicado las ceremonias de ayahuasca de manera milenaria, siendo regularmente los Taitas (Chamanes o curanderos) quienes dirigen las ceremonias con fines curativos y espirituales. Dentro de estas tradiciones, se considera a la Ayahuasca como una abuela, por la sensación casi maternal de estar siendo cuidado y guiado por una fuerza amorosa y comprensiva, una diosa que nos recuerda nuestra conexión con la madre tierra.

Antes de comenzar la ceremonia, nos presentamos cada uno de los participantes; éramos alrededor de 20 personas, de muy diversas edades, desde un chico de alrededor de 18 años, hasta una señora de como 60. Después, uno de los organizadores nos platicó un poco sobre el uso tradicional de la Ayahuasca, junto con algunas indicaciones con respecto a las cosas que podríamos sentir o experimentar durante el “viaje” (como vómito, eructos, risa, llanto, convulsiones, pánico, éxtasis, confusión y, paradójicamente, mucha claridad mental). Dentro de la charla introductoria, nos platicó que tradicionalmente se considera que existen tres ámbitos de experiencia con la ayahuasca: la serpiente, que representa los aspectos más oscuros de uno mismo, el jaguar, que representa el terreno de la vida cotidiana y las vivencias terrenales, y el águila, que nos muestra los aspectos más elevados, sublimes y espirituales del ser humano. Además de la ayahuasca, tendríamos disponible algunos cigarros de tabaco negro, como una planta “aliada”, que nos ayudaría a despertar las sensaciones, o a bajar la intensidad en caso de que la experiencia sea demasiado fuerte. Posterior a esto, pusieron algo de música, y comenzó la ceremonia. Los participantes bebían un vasito de este brebaje, cuyo sabor era extremadamente amargo, por lo que al poco tiempo la gente comenzaba a vomitar.

Después de una hora, nos trajeron la segunda ronda de ayahuasca y en una hora más, la tercera. En mí, los efectos se empezaron a sentir tras los primeros 30 minutos de la primera toma, en donde diversas representaciones mentales comenzaron a tomar vida, aunque se mostraban algo tenues. Con la segunda toma se incrementaron un poco: mi sensibilidad, imaginación y capacidad de introspección se agudizaron un tanto más, pero no sentía aún algún cambio drástico. Con la tercera toma, la abuelita ayahuasca se detonó en todo mi cuerpo y muy pronto me vi sumergido en las profundidades de lo que a mi psique parecía como una selva primigenia, una jungla de imágenes, sensaciones, colores y “fuerzas naturales” que emanaban desde las profundidades del inconsciente.

1.-La serpiente y la constricción racional

Las primeras sensaciones que experimenté fueron un tanto débiles, y habiendo escuchado yo sobre lo extraordinariamente fuerte que es la ayahuasca, me sentí un poco decepcionado. Comencé a querer forzar la experiencia, tratando de imaginar que la “madre tierra” me abrazaba y me enseñaba cosas; pero esto se sentía de alguna manera sobre-actuado y terminé aceptando que me estaba mintiendo a mí mismo. Fumé un poco de tabaco, para ver si con esto aumentaba mi percepción, pero… lo mismo. Tras un tiempo, me trajeron el segundo vaso, y algo muy parecido sucedió, nada más que una imaginación y sensibilidad aumentada. Con el tercer vaso, seguí sintiendo lo mismo por un rato, y de hecho me rendí y abrí los ojos, diciéndome a mí mismo que esto no era lo que esperaba, que la ayahuasca no había funcionado, o que la gente exagera al respecto de sus efectos. En fin, me percaté que estaba teniendo una mente muy utilitarista, que percibía a la ayahuasca como una especie de droga que automáticamente detonaría algunos efectos extravagantes en mi conciencia y que me haría ver aquello que dentro del marco teórico del análisis psicológico se llama <Inconsciente>. En cambio, me encontraba sintiéndome nada más un poco extraño, con náuseas y una imaginación muy vívida ¡Qué decepción! Pero al poco tiempo llegó una de las organizadoras y me dijo suavemente que es mucho más sugerible mantener los ojos cerrados, observar mi respiración y no racionalizar al respecto. Seguí su sugerencia, me senté tan sólo a respirar, aceptando mi derrota y sometiéndome a las simples[3] sensaciones corporales. Casi inmediatamente, como si hubiera presionado un switch o cambiado de canal, comencé a sentir cada vez más intensas las sensaciones corporales, que ahora tomaban una cualidad mucho más vivas, más frescas, más cambiantes. Sensaciones difíciles de describir, como una sacudida interna, como unas olas energéticas, vibraciones, colores que envolvían y movían mi cuerpo. Una sensación como de estar enroscado, ondulando con una energía infinitamente extensa, y poco a poco tomaba forma, cobraba vida y se manifestaba ante mi visión interna como una serpiente envolviendo mi cuerpo. Era morada y oscura, una serpiente imaginaria tomó control de mi cuerpo y yo empecé a contorsionarme y sacudirme como loco, arrastrándome y siseando mientras, sorprendido, comenzaba un dialogo interno. Algo había en mí que dinamizaba todo mi cuerpo, una fuerza extraña e irracional que yo me representaba con una serpiente. Intenté comprender lo que estaba pasando, trataba de pensar, de racionalizar el asunto, pero una especie de voz, por llamarle de alguna manera, me susurraba suavemente que me dejara llevar, que dejara de pensar, que no me resistiera. Esa otra voz, aunque parecía venir de mí mismo, tenía una cualidad radicalmente distinta al pensamiento racional. Parecía hablarme en un lenguaje mudo, en un idioma hecho de sensaciones, imágenes y emociones, que parecían bastante confusas y nublosas para mi pensamiento racional, pero que al dejar de pensar; comprendía. Finalmente me dejé llevar, me rendí ante la serpiente y esta suavemente me fue soltando, y poco a poco la veía serpenteando entre mares cósmicos de estrellas y planetas, de la oscura inmensidad del espacio infinito. La serpiente me soltó, y con ella se fue mi pensamiento racional, dejando espacio para que se abrieran las puertas de la percepción.

2.- El Jaguar y la tribu humana

Inmediatamente después de que la serpiente me soltara, comencé a percibir una rica variedad de figuras animales, en un paisaje de selva infinitamente colorida. Pájaros, venados, insectos, plantas, cascadas, árboles, flores. Había entrado en la selva primigenia, y mi mente estaba dispersa en la inmensa pluralidad de formas. Ya no había un <Yo> claro y uniforme; la unidad que me sostenía como individuo parecía ahora algo borroso y los límites que me definían parecían expandirse para formar toda una flora y una fauna de seres imaginarios, todos habitando la misma <jungla>. Pero todavía había un cierto sentido de identidad, y ésta fue tomando forma de un movimiento veloz, un correr en cuatro patas por entre las ramas laberínticas de la selva. Ahora era un jaguar negro, y mi cuerpo entero se movía como tal, (acostado en el suelo, por supuesto) y hacía gesticulaciones salvajes, lanzando zarpazos, gruñendo, mostrando mis colmillos, contrayendo mis músculos, sientiendo un hambre atroz, una ira desenfrenada que buscaba devorar a la presa a la que estaba persiguiendo: yo mismo. <Yo>, siendo un jaguar, perseguía al <Yo> humano. El <Yo> humano huía de esta fiera, pero había una presencia cantándome, diciéndome que está bien, que me dejara morir, que ese es el ciclo de la vida. Sentía esa presencia como un anciano indígena, un sabio norteamericano, con plumas en la cabeza, que comenzó a entonar algunos cantos guturales para tranquilizarme. Estos cantos se efectuaban dentro de mi garganta y yo los entonaba tal y como los recibía de aquel sabio guía. Me tranquilicé y dentro de la visión solté mi cuerpo, que cayó como exhausto en la densa vegetación de la selva, tras lo cual el jaguar lanzó un mordisco a mi garganta y una gran cantidad de animales[4] llegaron a devorar mi cuerpo, despedazándolo, consumiéndolo y dispersándolo por todas partes.

Tras la muerte, seguía observando el extraño paisaje, y apareció una figura que parecía una especie de reno, con numerosos cuernos y majestuoso pelaje. En su rostro se observaban muchos ojos, que me miraban con una humildad y comprensión eterna, dándome la bienvenida al mágico mundo de los espíritus. En esta parte no recuerdo con mucha claridad el proceso, pues ya no había como tal un <Yo> unificado en el que se almacenaran las memorias y los conocimientos recibidos. La sabiduría cósmica que atravesaba mi cuerpo era demasiada como para contenerla. Una infinidad de sensaciones, visiones, ideas y emociones explotaron en todas las direcciones y tan sólo recuerdo cómo aquel indio anciano me enseñaba mi animal totémico, mi figura de poder, como un regalo del universo, como el reflejo de una parte de mi ser. Este animal que me obsequiaron era un cocodrilo. No comprendí muy bien por qué, pero algo había en el fondo de esta imagen de arquetípico[5]. El cocodrilo representó para mí el don de la paciencia, símbolo de una sabiduría ancestral que se me revelaba en esos momentos. El cocodrilo es un animal antiquísimo, que puede esperar en el interior del agua (de lo inconsciente) y observar hacia el exterior, hacia la tierra (la conciencia). Pero esta es una reducción interpretativa de un marco teórico racional que no le hace justicia a la verdadera experiencia. El Cocodrilo, en mi visión, fue más que un símbolo. Fue, así lo considero, realmente un espíritu. Pero, ¿qué es un espíritu? Por supuesto, nuestra cosmovisión racionalista no le da cabida a este tipo de realidades, que van más allá de una reducida explicación materialista. Sin embargo, la conciencia, lo inconsciente y sus contenidos internos, parecen escapar a esa cosificación cientificista del racionalismo contemporáneo. Pero este es un tema demasiado amplio para tratar en un escrito tan modesto[6] como mi experiencia subjetiva de esta visión accedida por medio de la ayahuasca.

3.- El Águila y la familia celestial

Regresando a mi narración, después de ser <bautizado>, iniciado al mundo de los espíritus, contemplé el cosmos como un multiverso que se abría eternamente en su belleza floresciente, burbujas de realidad flotando por todas partes, creándose espontáneamente y disolviéndose tras instantes en la noche cósmica, en el misterio sin nombre. El universo entero estaba lleno de vida, vibrante en su júbilo habitado por miles de rostros, los rostros del ayer, los rostros del mañana, los infinitos rostros que danzan con el ritmo de las estrellas. Todos. <Todos Nosotros>, la multiplicidad del nosotros cósmico. La temporalidad subía como una escalera sin principio ni final que avanzaba en espiral hacia el infinito. Ahí, en el instante eterno, fui recibido por mi familia cósmica. Vi a mi madre y a mi abuela, lloré y reí con ellas, con su amor maternal, con su dulzura femenina, con su abrazo y comprensión de mujer profunda. Mujer, madre, abuela, tierra, vientre. Todo eso es <Ella>. Ahí estaba la Abuelita Ayahuasca, con su cariño espiritual, guiándome a través de las mujeres de mi vida. Con su tejido mágico de cuentos y ficciones, la madre cósmica arropaba mi ser como a un niño amado. El universo entero se me antojaba como una fantasía, una historia que me narraba la abuelita universal, un manto multicolor[7] en el que se arropaba mi existencia. Con ese ropaje me disfrazaba de todos los hombres y todas las mujeres, todos los animales y todas las plantas. Las múltiples máscaras de la divinidad se espejeaban y se reflejaban en la imagen del <Otro>.

Toda identidad y toda otredad no eran más que un juego de máscaras. Un juego cósmico[8] en el que <Yo> y <Tú> nos encontramos jugando eternamente. Ahí en la eternidad, en nuestro hogar cósmico, nos encontramos tú y yo, como pájaros del cielo. Salir del cascarón, emprender el vuelo, la libertad de bailar con el universo y re-crear nuestra propia existencia. Imaginar, soñar y tejer el cuento, sabiendo que somos también lo imaginado, lo soñado y lo tejido. Un cuento que se cuenta a sí mismo. Y esta es la historia que me narró la abuelita ayahuasca, acerca del lugar de donde vengo, el lugar a donde voy, el lugar en donde estoy. La abuela ayahuasca, y el abuelo tabaco, me enseñaron a recordar, a seguir el hilo de Ariadna en el laberinto de la memoria. Ahí, en las profundidades de uno mismo, se encuentra una llave que nos permite regresar de nuevo con nuestra familia cósmica.

Conclusión de la realidad subjetiva:

La experiencia con la abuelita ayahuasca es bastante intensa, clara y lúcida. Una comprensión bastante profunda te envuelve de manera suave y cariñosa, como el manto de amor de una madre. Seguramente cada persona vive su experiencia de una manera diferente, única y personal, puesto que la abuela ayahuasca te habla a ti personalmente, te habla a tu intimidad, con un lenguaje personal, que sólo tú entiendes. Al ser personal la experiencia, la vivencia se presenta precisamente como una persona. Por cierto, la palabra persona viene del griego <prosopón> que significa máscara y alude a las representaciones teatrales que se realizaban en la antigua grecia, donde los dioses se aparecían en las obras como visitantes de otras realidades. En ese momento no hay duda de que estás siendo visitado por espíritus, por entidades autónomas que tienen personalidad propia, y no solamente como contenidos de la conciencia o la imaginación. Por supuesto, nuestra racionalidad occidental nos prohíbe pensar en estas fuerzas autónomas como entidades reales, puesto que todo lo medimos a la luz del mundo exterior y objetivo y desechamos la experiencia interior y subjetiva como una instancia psíquica carente de verdadera realidad. Pero, ¿qué es la realidad? Para no abrir aquí un inmenso debato filosófico con respecto a la naturaleza de lo real, contentémonos por ahora con la idea de la experiencia. Una experiencia es real en cuanto que la experimentas, sea objetiva o subjetiva, exterior o interior, la realidad se nos presenta únicamente como experiencia. Ahora bien, la experiencia visionaria que te permite la Ayahuasca, sucede dentro de la psique[9] y como tal, sucede dentro del mundo interior, al menos como realidad psíquica. Jung nos habla precisamente de lo inconsciente, como aquella realidad psíquica que se encuentra dentro de nosotros, pero que como es una instancia instintiva e irracional, no nos es comprensible para la conciencia diurna. Así pues, nos dice Jung que “la imagen del mundo exterior nos permite entender todo como efecto de las fuerzas impulsadoras físicas y fisiológicas; en cambio, la imagen del mundo interior nos hace entender todo como efecto de seres espirituales. La imagen del mundo que nos proporciona lo inconsciente es de índole mitológica. En vez de leyes naturales tenemos intenciones de dioses y demonios; en lugar de los impulsos naturales actúan almas y espíritus.”[10] Y, para poder entablar un dialogo con las profundidades de nuestro ser interior, habría que considerar tratar a estas imágenes, estos símbolos y estas fantasías no desde el lenguaje racional de la mente consciente, sino tal y como se nos aparecen a nuestra psique dentro de esa experiencia; como espíritus, de la misma manera que la Abuelita Ayahuasca nos trata a nosotros tal y como somos: personas/máscaras.

1] Rick Strassman, DMT: The Spirit Molecule: A Doctor's Revolutionary Research into the Biology of Near-Death and Mystical Experiences. Además, tiene algunos otros libros que hablan acerca de las experiencias psicodélicas y el llamado <mundo espiritual>; en su libro “Inner Paths to Outer Space: Journeys to Alien Worlds through Psychedelics and Other Spiritual Technologies” habla más al respecto.

[2] El filósofo René Descartes mencionaba que la glándula pineal es la región cerebral donde se sitúa el alma, como mediadora entre la res extensa (el cuerpo y el mundo exterior) y la res cogitans (la conciencia, lo que conoce).

[3] Pongo esta palabra en itálicas para resaltar mis procesos de pensamiento en ese momento. Siempre me ha parecido que la experiencia sensorial es bastante inferior en comparación a los sublimes pensamientos. La experiencia de ayahuasca me mostró la sabiduría del cuerpo, un conocimiento silencioso, no-racional, en el que se aloja parte de nuestro ser. Es decir, no sólo somos cuerpo, no sólo somos mente, no sólo somos espíritu; somos una mezcla de muchos elementos, y hacer caso omiso, o disminuir uno de estos aspectos de la totalidad, es dejar de escuchar parcialmente a nuestro propio ser.

[4] Curiosamente, estos eran animales a los que normalmente no se asocian hábitos carnívoros, como venados, algunos monos, pájaros, jirafas, etc.

[5] Para la psicología profunda de Carl Gustav Jung, existen estructuras primordiales de la psique, que se encuentran profundamente sumergidos en lo inconsciente y que las diversas culturas han representado bajo distintas imágenes. Así pues, para el lenguaje del inconsciente, las figuras de animales son símbolos, que representan alguna parte de la totalidad de la psique. En este caso, el cocodrilo se me apareció como representante de una parte ancestral de lo inconsciente.

[6] Modest proposal, with a laugh.

[7] Dentro del hinduismo a esto se le conoce como el <Velo de Maya>, el tejido de ilusión que crea la diosa para crear un mundo encantado, el mundo fenoménico al que en occidente llamamos <realidad>.

[8] Nuevamente, para las culturas hinduistas, tan fuertemente arraigadas a sus tradiciones espirituales, existe un término para designar el tiempo fenoménico como un juego cósmico, un universo ficticio que crea la divinidad para jugar consigo mismo. A este universo-juego los hinduistas lo conocen como Lila.

[9] Que se deriva del griego Psyche, y que podríamos traducir como “Alma”.

[10] JUNG, C. G. Civilización en transición. Ed. Trotta, 2001. P. 17

Publicado en #RevistaParadoxa edición 11 / julio 2016

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