¿A DÓNDE VAN LOS DESAPARECIDOS?

/ Jacobo Mella

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¿Quién se la llevo?, ¿a dónde van los desaparecidos?, ¿por qué es que se desaparecen?, ¿cuándo vuelve el desaparecido?, las preguntas que entona una famosa canción, las mismas que por tantos lugares dan vuelta en la mente de miles de personas buscando a los suyos, a sus desaparecidos, hombres y mujeres, de la infancia a la adultez sin discriminación, claro, la mayoría pobres, sin influencias políticas, muy lejos de conocer cuál cosa es esa la justicia.

Hay tantos casos, a muchas personas desaparecidas seguramente ustedes también las conocieron, aunque haya sido de vista, en mi recuento individual, casi una decena. Recuerdo en especial el caso de un muchacho que conocí en un negocio de comida casera, trabajaba de lavaplatos para ayudar económicamente a su familia, el rancho ya no daba para vivir a holganza como hacía décadas, las posibilidades económicas no eran tales, pero soñaba con estudiar, prepararse, dar lo mejor de él a su comunidad; llevamos una relación cordial durante unos 2 años, un día no regresó más a su trabajo, ni a su casa, a sus padres les dieron el rumor que en un retén clandestino camino hacia el ejido fue el último lugar que lo vieron.

En espacios citadinos tuve que hacer trabajo de campo en algunos de los barrios más marginados de Nuevo Laredo, ahí conocí muchas familias con las que sostuve vínculos de trabajo, la zona tenía un alto grado de drogadicción y delincuencia, en ese ambiente, como única oportunidad a sus deseos de progreso, vivía Ángeles junto a su hija de 16 años, la primera una señora amable y emprendedora, la otra una joven resposable y solidaria, estudiante de secundaria matutina, hasta que un alba, el trayecto cotidiano se perdió en la angustia y la frustración de una madre que llora por no saber dónde está su niña llena de anhelos e intesas ganas de vivir.

Una historia más, G, un padre que emigró del sur al norte de la república para trabajar como técnico en una industria que le pagaría lo justo para vivir y sostener su hogar compuesto por su esposa y dos pequeños hijos, la familia vio en su migración la oportunidad de vivir mejor que antes, porque allá pasaban hambre, sin trabajo seguro, viviendo al día; al año de su llegada, G decidió comprar con sus ahorros de horas extras, un automóvil barato para facilitar sus trayectos al trabajo y la escuela, o por alguna emergencia; una noche que regresaban de hacer compras, a unas cuantas calles de llegar a su destino, les cerró el paso un vehículo del que 3 personas bajaron para exigir con violencia el automóvil, dejaron ir a la madre y su hijo de 6 años, de G y del otro niño de 9 años no supieron más, 3 meses después regresaron al pueblo recordando sus esperanzas de una mejor vida transformadas en el horror de no ver regresar sus seres amados.

Estos son tan sólo 3 casos, de miles; tanto que se dice y tanto que nos callamos, por supuesto, porque el miedo es real, lo vemos cobrar venganzas, intimidar, asesinar, sobornar a la autoridad, nadie quiere ser alcanzado por esa tragedia o alguna parecida, las injusticias ahí están a la vista mortal, las desapariciones como parte de ellas también, imposible negarlas, existen las estadísticas por si tiene alguien alguna duda de su veracidad.

Publicado en #RevistaParadoxa edición 10 / junio 2016

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