LUCIÉRNAGAS DE FUEGO (CUENTO)

/ Juan Gerardo Guerrero

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Por uno de los corredores del supermercado, Vicente empuja un carrito cargado de latas de sopa de elote. Lleva puestas unas gafas para sol que llaman la atención de los empleados de piso cuando pasa por los distintos departamentos de la tienda. Por el pasillo contiguo, también con gafas oscuras, va Andrea empujando un carrito lleno de juguetes. Se miran y se sonríen. Ella acelera el paso, y él le sigue. Los dos se enfrascan en una carrera que termina cuando Andrea da vuelta en el pasillo juguetería, y Vicente en el de abarrotes. Vicente deja el carrito a un lado, toma una lata y luego la arroja de nuevo al carrito. Poco después llega Simón, quien es uno de los gerentes de la tienda. Se acerca inspeccionando los estantes hasta llegar a donde se encuentra Vicente que no lo ha visto. Eres nuevo, le pregunta. Vicente asiente con la cabeza y le sonríe detrás de sus lentes oscuros. Mira, procura acomodar las primeras latas con la etiqueta hacia el frente, recuerda que es la marca de la tienda, le dice Simón no tan convencido porque hay algo en la presencia de Vicente que le hace sentir que no tiene sentido ni importa como vayan acomodadas las latas. Entonces Simón se queda callado porque ya no sabe qué decir, y teme que si hace un esfuerzo por hablar, un enorme hoyo se va abrir en el aire y se va tragar la tienda con todo y empleados, y solo él va quedar para contemplar la nada, y lo peor es que se imagina disfrutándolo. De tal forma que a duras penas le ordena a Vicente que vaya a la farmacia para que acomode mercancía. El supervisor ve marcharse al empleado y tiene la sensación que por el pasillo de perecederos no camina nadie. Vicente llega al departamento de farmacia y se acerca con la encargada. Cuando la empleada le dice cuál es la mercancía y en donde la va acomodar, ella queda atrapada en el reflejo de las gafas de Vicente. Y las mujeres que se reflejan en lo cristales le dicen que se escape lejos, que camine sin mirar atrás, que abandone todo, que siempre se puede empezar de nuevo, que un mal empleo y un mal esposo son lo mismo, que los dos te engordan y te revientan los nervios igual y a los dos se les puede dejar. La empleada se despierta cuando Vicente se va a uno de los pasillos con un carrito cargado de mercancía. Cuando llega al corredor una mujer está siendo arrestada por los de seguridad de la tienda. Vicente mira como la mujer es conducida por dos guardias, un hombre y una mujer, y detrás de ellos les sigue Rodolfo, el gerente encargado de la seguridad. Pasan por un lado de Vicente al cual Rodolfo mira de reojo mientras habla por radio. Después de que avanzan dos pasillos, Rodolfo deja de hablar por radio y le pregunta a los guardias que si ese empleado lleva gafas oscuras, los guardias responden que no saben, o que parece que sí. El gerente se regresa para salir de dudas, y lo único que encuentra es el carrito volteado, así como todos los medicamentos de los estantes en el suelo, como si un huracán hubiera pasado por ahí. Rodolfo voltea con la encargada como preguntándole por el empleado y por lo sucedido. La mujer mueve la cabeza con una expresión de desconcierto.

Es la hora de la comida y el comedor del supermercado se encuentra abarrotado. Se escuchan una miscelánea de conversaciones. Y por lo bajo, como música de fondo proveniente del televisor que cuelga del muro, el Noticiero reporta disturbios y motines en alguna parte del país. En una mesa donde están sentadas unas empleadas de abarrotes, y de ropa para caballero, hay una silla vacía. Están tan absortas en comer y platicar que nadie se percata cuando aparece Vicente ocupando ese lugar. Vicente comienza a escuchar todo; alguien habla sobre el embarazo de una promotora por un gerente, otra platica de una fiesta donde se pelaron los de bodega con los de embarque, una señora presume que su hijo se ganó un contrato laboral por tres meses en el sorteo de asistencia social. Las conversaciones versan sobre lo cotidiano y banal hasta que poco a poco van cambiando. Alguien menciona algo sobre el salario mínimo, otros hablan sobre lo caro que están los servicios, algunos se quejan de la delincuencia, una señora maldice a quien sabe quién porque su casa es una pequeña ratonera mal hecha y ubicada en la periferia de la ciudad, otros casi le escupen a los costos del trasporte público, y algunos dicen que vivir para trabajar no es vida, que lo mejor sería ser campesinos y vivir de la tierra. Vicente mira al frente y a ningún lado, de pronto escucha una voz a su lado, es una anciana que está sentada junto a él y comienza a contarle que antier acudió a una procesión, y que le sorprendió que todos, los gentiles, los romanos, y hasta el joven caracterizado como Jesús llevaran cubre bocas, que qué tiempos le había tocado ver donde todos le tenían miedo a la gripa, qué donde estaba la fe… Vicente le deja de poner atención y mira hacia una esquina donde está Andrea de pie, se sonríen. Dejan de mirarse al ver que Rodolfo y varios guardias de seguridad entran al comedor y comienzan a revisar las mesas, para cuando llegan al lugar donde están las empleadas de abarrotes y caballeros, solo encuentran una silla vacía. Rodolfo dice por la frecuencia que el sospechoso lleva gafas oscuras y da instrucciones para que continúe la búsqueda a las afueras de la tienda.

La brigada de seguridad peina por una hora el estacionamiento, los patios, y las zonas de desembarque sin éxito. Rodolfo da instrucciones por radio y suspende la búsqueda. Ya cuando todos vuelven a trabajar Rodolfo se va a una zona de embarque clausurada. Se sienta en medio de tarimas destartaladas, enciende un cigarrillo, y se pone a contemplar la ciudad que se le ofrece como paisaje. De repente comienzan aparecer luciérnagas rojas a su alrededor. Rodolfo piensa que quizá son chispas de fuego y no insectos. A penas extiende la mano para atrapar una y las luciérnagas se esfuman. Rodolfo escucha el crujir de la madera, voltea a su lado y sentado en una tarima está Vicente. El gerente se sobresalta pero se recupera y comienza a llamar por frecuencia, lo cual resulta inútil porque de ésta sale pura estática. Al ver que el radio no funciona, el gerente intenta convencer a Vicente de que lo acompañe y le dice que se puede llegar a un arreglo, que se le va tomar como una broma el haberse hecho pasar por empleado, que no hay mucha mercancía dañada. Vicente no responde, y únicamente le sonríe. Rodolfo queda atrapado en las gafas oscuras de Vicente, y se ve decirse que él cuida que nadie robe al supermercado, pero, quién cuida que el supermercado no le robe vida y tiempo a él. La pregunta lo deshoja por dentro, y le hace sentirse furioso y comienza a imaginar que la tienda se incendia y que él tiene una cerilla humeante en la mano. Se escuchan las sirenas de los cuerpos de seguridad y auxilio que recorren la ciudad. Rodolfo voltea hacia el horizonte y una torre de humo se levanta desde la ciudad. Vicente le dice con una voz que parece más un pensamiento en voz alta que un dialogo, que ya empezó, que ya comenzó. Dos helicópteros pasan por encima de ellos y comienzan a sobrevolar como colibrís la flor de humo. Rodolfo le pregunta que de qué está hablando a la vez que admira la ciudad humeante. Vicente le responde que de los disturbios. Rodolfo toma la frecuencia de nuevo y llama diciendo que tiene un saboteador, que informen a la policía, pero la frecuencia le devuelve estática. Vicente se ríe y le dice que no es un saboteador. Rodolfo le pregunta que entonces qué es. Vicente le responde que ha caminado en medio del esclavo y el campesino cuando se cansaron de levantar pirámides para los faraones y se sublevaron, que ha escuchado cantar a un ejército de mil esclavos antes de combatir contra el Imperio Romano, que vio a los chichimecas afilar sus flechas para pelearle a la corona española, que estuvo en esos momentos y que jamás tomó un arma, que ni siquiera habló, que solo fue un espectador. Rodolfo intenta de nuevo hablar por frecuencia, pero tiene el mismo resultado. Vicente sonríe y le dice que es la luciérnaga de fuego que se aparece antes, durante, y después del caos, que arde de las palabras y pensamientos de la gente. Rodolfo murmura que está loco y lo mira con detenimiento buscando memorizarse su rostro y brincar el cerco que son las gafas. Pero sólo encuentra el polarizado impenetrable de los lentes para sol, en los cuales se refleja la ciudad ya totalmente en llamas. Rodolfo mira de inmediato a la ciudad para comprobar lo que vio y sólo encuentra la misma columna de humo, voltea de nuevo con Vicente, pero éste ya no está. La frecuencia comienza a funcionar y llaman a Rodolfo, éste se reporta, y está a punto de contar lo que pasó, pero se queda callado y da por terminada la transmisión y se va al interior de la tienda.

Horas después Vicente aparece a un lado de un bote de basura que se está incendiando, mete la mano al fuego y las llamas se hacen a un lado. Junto a él pasan un grupo de chicos con máscaras de luchadores y pasamontañas. Las luces parpadean, y de los parlantes sólo se escucha interferencia. De la tienda salen y entran personas con objetos en las manos. Vicente comienza a caminar por los pasillos; todos corren, pelean, saquean, o destruyen algo. Llega hasta la juguetería; Andrea sostiene una pelota mientras ve a un grupo de empleados y clientes tratando de deshacer una enorme red que cuelga del techo y contiene pelotas. Vicente se detiene y contempla como la red se rompe y las pelotas caen al suelo. Se acerca a Andrea, la toca por el hombro, ésta voltea, le sonríe y deja caer la pelota. Se toman de la mano y se van rumbo a lo que antes era la salida. Transitan por el área de muebles donde Rodolfo está sentado en un sillón reclinable, fuma y le da tragos a una botella de tequila. Rodolfo comienza a reírse porque cree ver que frente a él pasaron dos luciérnagas de fuego.


FIN

Publicado en #RevistaParadoxa edición 8 / abril 2016

 

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