Apoliticismo de la sociedad regiomontana*

Por: Tirso Medellín

Ponencia presentada en el 2o. Foro de Filosofía Política y Ciencias Sociales: México, ¿revolución o colapso?

Farsa_Electoral2

Lo que me propongo hoy es hacer un acercamiento al fenómeno de la apoliticidad. En otro lado escribí que el gran problema que enfrentamos en esta ciudad, aunque no sólo aquí, es la carencia de política. Hay que hacer la precisión de que no es un problema aislado, sino, más bien, es un problema que nace del entrecruzamiento de distintas condiciones, situaciones y circunstancias, de diversos campos, esferas y dimensiones de lo humano. Sin esos cruces, no sería un problema, pero esto es tanto como decir que no sería algo real. Así, tenemos la ausencia de política como el resultado a la vez que la causa de ciertas condiciones económicas, culturales y sociales en las que se ha desenvuelto nuestra vida social desde la misma fundación de la ciudad de Monterrey y del Estado mexicano.

Pero, de entrada, ¿qué es esto de apoliticidad? Desde Aristóteles el hombre fue definido como un animal político, y ahora nos encontramos con que vivimos en una sociedad de animales que han perdido su condición política. Podríamos decir que esto es una generalización ligera, pues ¿no tenemos un sistema de partidos?; ¿no elegimos a nuestros representantes?; ¿no es cierto que siguen estando presentes (y ahora más que en los últimos 20 años) manifestaciones políticas de inconformidad que, aunque impotentes para lograr los fines perseguidos, al menos son muestras de la inconformidad ante el gobierno y la formulación de demandas, rasgos los dos de la vida política?; ¿qué ocurre, en todo caso, con las manifestaciones de izquierda que han sido acalladas de diferentes maneras, desde la violencia hasta el fraude y el silencio? Quizás sea apresurando el diagnóstico. Sin embargo, quiero demostrar que no es así y que, por el contrario, es preciso reconocer esta condición en un horizonte de verdadera transformación social. De hecho, la existencia de tal condición ya debería orientarnos por sí misma hacia ese horizonte, en tanto hay una carencia en la plenitud de lo humano cuando hay, por decirlo, una supresión de lo político.

La despolitización de la sociedad se remonta a los comienzos mismos de la Modernidad, al menos, de dos maneras. Por un lado, la conformación de la sociedad civil, como lo ha mostrado Severo Iglesias; por el otro, al desarrollo de las sociedades industriales, como lo mostraron los integrantes de la Escuela de Frankfurt. Si esto es así, no habría duda de que la despolitización que acontece tiene unas raíces tan profundas que de ninguna manera son particulares de nuestra ciudad. Pero esto abriría una pregunta más: ¿hay grados de despolitización? Es decir, ¿hay alguna diferencia de grado, por ejemplo, entre la sociedad de Monterrey, en términos de participación política, y la sociedad del DF; entre la sociedad mexicana y la francesa, la boliviana, la palestina? A esta última pregunta hay diversas posibilidades de respuesta, sin embargo, yo arriesgaré la siguiente: hay una despolitización profunda que es característica de la mayoría de las sociedades del mundo en la medida en que participan de sistemas que por definición suprimen lo político, y de ideologías que igualmente anulan la praxis política; no obstante, existen distancias y fuerzas que, como la gravedad, atraen a los individuos y a los grupos hacia el centro de ese sistema y de esas ideologías, distancias y fuerzas relacionadas proporcionalmente de manera que al incrementarse las primeras, las segundas pierden intensidad, haciendo posible otras formas de pensamiento y de acción.

El planteamiento anterior no ofrece ninguna novedad. Desde que existe la teoría de los sistemas-mundo, desde que se habla de colonización e imperialismo, desde que existe la noción de la marginalidad geopolítica, se ha tratado la cuestión de la factibilidad de la liberación en los centros y en las periferias. Creo, por tanto, que la cuestión del grado de despolitización está relacionada con el de la posición que una sociedad ocupa en el sistema capitalista, fundamentalmente. No pretendo, sin embargo, explicar ni abordar las causas de esa posición relativa, pues tienen su origen en las situaciones y circunstancias concretas de cada Estado y cada pueblo, lo que lleva a un estudio histórico fuera de mi alcance.

Para avanzar sobre estas cuestiones partiré de la primera manera en que podremos decir que la política en las sociedades modernas ha quedado desplazada. Se trata como dije, de la conformación de la sociedad civil. Este concepto denomina la asociación de los individuos como personas en condiciones de igualdad y libertad, lo que significa que cada uno es libre e igual a los demás, y que como tales, tiene la potestad de decidir en qué condiciones y para qué fines desea integrarse en una sociedad. Tal concepción proveniente del derecho natural tiene, al menos en su formulación liberal, algunas virtudes tanto como algunos riesgos. Como virtudes hay que reconocer que la libertad y la igualdad de las personas, como agentes políticos son prácticamente una creación de la modernidad occidental, aun si estos valores nunca se han realizado con plenitud en la mayoría de las sociedades contemporáneas. Una tercera virtud es la noción de la soberanía en tanto que, después de numerosos avatares, se reconoció al pueblo como al sujeto soberano –antes había sido el monarca, la nobleza y la burguesía. La igualdad, la libertad y la soberanía, finalmente condujeron a una cuarta virtud: la democracia. En los estados modernos, la constitución de un gobierno sólo es posible, si es que se pretende respetar los tres principios mencionados, mediante la participación democrática.

En su formulación como ideas, la igualdad, la libertad, la soberanía y la democracia son las grandes aportaciones de la política liberal-republicana (y no me refiero al Partido Republicano de los EU). Pero, aunque es preciso reconocer estas aportaciones, no hay que perder de vista la importante diferencia que hay entre la idea y su realización, entre la teoría y la práctica. Si consideramos la Historia será fácil ver la brecha que existe entre unas y otras: baste considerar como ejemplo las discusiones sobre el reconocimiento de los derechos políticos, reservados por mucho tiempo a los propietarios (nobles y burgueses), o las dificultades de hecho en la participación de los obreros y campesinos en los procesos políticos, fuera por carecer de acceso a la educación o por la pauperización de sus condiciones de vida. Pero tras dichas dificultades de hecho, que siempre estarán presentes de alguna u otra manera como factibilidad de realizar el ideal, hay un problema más profundo: la distancia que se abre por la ideologización de los principios. Esto supone un problema mayor no sólo porque no se realizan los grandes ideales políticos que hemos mencionado, sino sobre todo porque son utilizados como formas de mantener una realidad invertida, es decir, como formas de conservar un estado de dominación en el que la mayoría sufre y una minoría vive cómodamente a costa del sufrimiento de los demás.

La sociedad civil ha sido una herramienta esencial para que ello ocurra. Ante la mencionada constitución del Estado, en el que el pueblo aparece como soberano, pero entregando la facultad de ejercer el gobierno a un aparato burocrático, la política queda restringida a la lucha por la posesión de los medios administrativos y jurídicos, para lo que existe un derecho particular que regula las relaciones entre el Estado y los ciudadanos; entre tanto, los ciudadanos conservan ciertos derechos, todos fundados sobre la propiedad y la libertad, base sobre la que se constituye la esfera de las relaciones entre los particulares, reguladas por el derecho civil.

Se hace pues la distinción entre dos esferas, la de lo público y la de lo privado. En la primera se construye el campo político por la deliberación y la decisión respecto a cuestiones que son comunes a todo el pueblo, así como la normatividad y la ejecución de las leyes en tales cuestiones (derecho público: constitucional, administrativo, procesal, etc.); en la segunda se da cause a las relaciones que sólo conciernen a la persona en su interés particular: posesiones, herencias, intercambios, asociación, matrimonios, etc. (derecho privado: civil y mercantil).

Hay, sin embargo, una relación entre ellas que determina la presencia de lo político en nuestras sociedades. La primera relación es en la que, según las teorías del derecho natural, cada individuo establece un contrato con sus iguales para constituir el Estado. El motivo del contrato difiere entre los filósofos, pero en el liberalismo es aceptada la idea de que lo que condujo a los individuos a establecer el contrato es su interés por conservar la vida y la propiedad. Este motivo le da forma a la vida política de los Estados liberales modernos de la siguiente manera: la forma de gobierno es la democracia, pero la democracia es la elección de los representantes por la conformación de una mayoría que se logra por la simple suma de los intereses particulares; la política se convierte, en consecuencia, en la manipulación del interés particular —por el poder y la corrupción—. Lo nodal aquí es que no hay, en términos de Rousseau, una voluntad general, sino una voluntad de todos. En efecto, la relación entre lo particular y lo público se vuelve ficticia, pues no hay un interés en el bien común, sino un interés en el bienestar propio. Lo inmediato es lo que está a la vista de la decisión política en estos casos.

Ahora bien, ¿qué es lo que sienta las bases del interés en el bienestar propio? Es justamente la sociedad civil como marco legal de las relaciones de producción predominantes en el sistema capitalista. Si el Estado se ha conformado para proteger los intereses particulares, la propiedad y la libertad, entonces son esos mismos intereses los que determinan la forma de lo público. No es casualidad que el liberalismo ha pugnado desde siempre por la mínima participación del Estado en los intereses de los particulares y, sobretodo, por una libertad comercial irrestricta. La primera relación mencionada entre lo público y lo privado, esto es, la elección del gobernante y de los representantes, tiene aquí otra forma de presentarse: el Estado mínimo, lo cual significa que el espacio de lo público debe reducirse a lo mínimo posible, en la medida en que no es posible llegar a una voluntad general (y ni siquiera a una mayoría) en la mayoría de los temas relacionados con el gobierno. El Estado, por tanto, sólo debe limitarse a cumplir con las funciones jurídicas básicas. Esta reducción del gobierno, es también una reducción de lo político en la medida en que la voluntad de los ciudadanos se expresaría respecto a lo mínimo, es decir, a temas ya decididos de antemano que no implican mayor problemática.

Atravesado el discurso liberal por el influjo republicano, es decir, por la creencia en la participación directa de los ciudadanos en el gobierno (como al comienzo en las Trece Colonias), es interesante observar la forma que toma la participación ciudadana en el liberalismo. Lo público es trasladado naturalmente a lo privado, a la expresión individual o grupal de los intereses particulares. De aquí la conformación de ONG’s, Asociaciones Civiles, Clubes, etc., que gestionan algunos tópicos relacionados con intereses o demandas más o menos particulares o generales, desde Club de Rotarios hasta Green Peace, etc. Estas organizaciones ciudadanas buscan complementar lo que el Estado ha sido incapaz de realizar o ha omitido deliberadamente de los programas gubernamentales. En algunos casos, tales organizaciones se convierten en verdaderos actores políticos, más bien simbólicos, aunque difícilmente buscan transformar el sistema. Una de sus principales características es que no buscan el poder político, aunque negocian con los representantes políticos. Otra característica es que viven del capital privado, mediante donaciones u otras formas, o del presupuesto gubernamental. Así, la verdadera participación política es sustituida por una participación instrumental aunque con base en la organización y gestión ciudadana. Es instrumental porque complementa las funciones del Estado, y es apolítica porque no pretende transformar los principios rectores de la política o de los sistemas establecidos.

Ahora podemos entender el sentido que en el liberalismo tiene la expresión “el fin de las ideologías”. En una sociedad empapada de sociedad civil, desaparecen las posiciones políticas o se pierden en los matices del espectro político. En vez de socialismo, comunismo, capitalismo, liberalismo, etc., se habla preferentemente de izquierda, centro y derecha, como si eso significara algo en sí mismo. Como hasta un niño lo sabe, estos términos son relativos entre sí: cada uno define al otro. Y cuando se pasa a una discusión un poco más seria, que no es la de los políticos de profesión, las voces que designan al sistema político revelan su vacío, de manera que el socialismo es una u otra cosa según el país, el neoliberalismo se confunde con el liberalismo, el capitalismo se disfraza de comunismo, etc. Para la sociedad civil, cuando se organiza, poco importa el discurso político, pues se torna incapaz de penetrar en las causas económicas y políticas de una problemática; lo relevante es la efectividad administrativa. Si ponemos atención al tipo de demandas que son formuladas, tenemos por lo general: menor corrupción, transparencia en el manejo de los recursos, justicia efectiva y expedita, disminución de la inseguridad, etc. Pocas veces estas demandas se dirigen contra los sistemas político y económico. El fin de las ideologías significa esta creencia en que no hay alternativas políticas, que la lucha entre socialismo y capitalismo ha llegado a su fin, pues entre ellos hay más puntos en común que diferencias. Según hemos mostrado, al menos esto es cierto desde el punto de vista de la participación de la sociedad civil, despolitización que se incremente si se considera la conformación de las masas, las sociedades corporativistas, la sociedad de la información, etc. Si en la organización civil no existe lo político, ¿qué esperar de la sociedad considerada en su composición masiva, consumista o instrumentalizada?

Un segundo punto de vista desde el que podemos comprender el “fin de las ideologías”, es el de la administración y la racionalidad instrumental. El argumento es simple: todos los sistemas políticos contemporáneos dependen tanto de la técnica y la tecnología, que por más que intenten sostener una ideología política, terminarán unificados por las decisiones técnicas. En otras palabras, la política queda subsumida en la administración, y por ello, agregaré, la sociedad sólo puede exigir una administración óptima. Hay teóricos que plantean el regreso de la política a la ciudadanía, pero hay que advertir que si esta ciudadanía es la de la sociedad civil, tal como se ha descrito, entonces la política estaría gravemente amenazada, ya que, por un lado, los gobiernos o los Estados serían cascarones administrativos sin ningún contenido político, y, por el otro, la sociedad también estaría vaciada de pretensiones políticas más allá de las demandas administrativas.

Dejemos aquí el tema de la sociedad civil como causa de la despolitización y pasemos a la segunda fuente mencionada al comienzo, la de la sociedad industrializada. En realidad hemos dejado de la cuestión de la sociedad civil muy cerca de la industrialización o, más precisamente, de la racionalidad instrumental. La expansión de la industria en la Modernidad, las revoluciones tecnológicas de los pasados dos siglos, a la par que la conformación de los Estados como instituciones administrativas burocratizadas y la ingeniería social, entre otros factores, condujeron a lo que Ellul llamó la era de la técnica. Esta época se caracteriza porque en ella la técnica, la tecnología y el conocimiento científico se convirtieron en la perspectiva predominante desde la que se comprende y vive en el mundo. El mundo mismo se ha vuelto técnico-científico, lo que implica que ha desplazado a otras formas de concebir la realidad, o al menos las ha contaminado, a semejanza de como en la Edad Media la religión cubría con su manto todos los contornos del pensamiento y la acción humanas.

Sólo quiero hacer hincapié en dos cuestiones. La primera de ellas es la ya mencionada despolitización social como producto de la tecnificación de la administración estatal. Como señaló Habermas en su famoso texto “Ciencia y técnica como ideología”, la intervención estatal exige una despolitización de la sociedad, puesto que las decisiones administrativas quedan fuera de la competencia pública al convertirse en cuestiones de especialistas. Esto no sólo obedece al sistema político o a la intervención estatal, sino que es un problema que emerge de la misma instrumentalización del mundo moderno.

La segunda cuestión consiste en la manera en que la racionalidad instrumental se extiende culturalmente en la sociedad. Hay muchísimos mecanismos en que esto sucede, pero baste señalar aquí la cuestión del bienestar. Como indicó Marcuse, las sociedades de los países desarrollados se convirtieron durante el siglo pasado en sociedades de bienestar. En efecto, la sociedad en la que vivimos se caracteriza por cubrir la mayoría de las necesidades básicas: tenemos educación, acceso a la salud, alimento, ropa, vivienda, luz, etc. La calidad y la extensión de estos servicios es lo que diferencia a unos países de otros, pero en general, podemos considerar que el Estado ha cumplido su función de satisfacer las necesidades básicas de la población. Un sector importante de la población tiene posibilidad de comprar auto, televisión, aparatos eléctricos, etc., lo que incrementa la sensación de bienestar. El consumo se ha vuelto una de las medidas del progreso, la principal quizás. La “vida administrada” es así la “buena vida”, como explica Marcuse, una vida que ya no reclama la libertad de decidir políticamente y que reusa la lucha, una vida “política unidimensional” donde todo es igual y la diferencia entre un gobierno u otro, entre la izquierda, la derecha y el centro es la efectividad y la eficiencia. De gobierno, ahora se habla de gobernanza, expresando con ello la gestión gubernamental en relación con los organismos civiles.

Hemos visto, pues, las principales causas de la despolitización, de la apoliticidad para decirlo positivamente, lo que nos permite al fin acercarnos brevemente al este fenómeno en la sociedad de Monterrey. Queda claro que se trata de un fenómeno mucho más amplio, que podríamos decir que influye a la mayor parte de este mundo globalizado. Como dije al principio, la condición de la apoliticidad es generalizada y, en este sentido, es estructural. En ello, se trata de un fenómeno que supera a cualquier ciudad del país, es común al DF, a Monterrey, a San Cristóbal de las Casas, etc.; sin embargo, también señalé que difícilmente podríamos pensar que la sociedad de cada una de estas ciudades es homogénea en un sentido político. No creo que alguien sostenga que la sociedad de Monterrey tiene el mismo comportamiento político que el DF o San Cristóbal. Cuando se entra en las particularidades es cuando comienzan las dificultades del análisis. Sin embargo, creo que debemos buscar estas diferencias en términos de la cercanía o distanciamiento respecto al sistema económico capitalista y las ideologías que lo revisten.

El caso de la sociedad regiomontana es un modelo de la cercanía al centro. Tanto por la proximidad al imperio, como por la estructura socioeconómica, las fuentes de la apoliticidad mencionadas anteriormente se han enraizado con profundidad en Monterrey: la sociedad civil, el mercado y el consumo, la sustitución del gobierno por la administración.

*Publicado en la edición 5 de Revista Paradoxa

Anuncios

Un pensamiento en “Apoliticismo de la sociedad regiomontana*

  1. Buen repaso teórico, pésimo análisis sobre un tema concreto, como el que sugiere el título. Creo que el autor pudo haber sintetizado algunos conceptos para enfocarse más en el caso particular de Monterrey. Sin duda, este tipo de mamotretos demuestran la debilidad que tenemos los latinoamericanos de abusar de los marcos teóricos con el fin de demostrar que sabemos sobre un tema, pero que sólo prueba nuestra incapacidad de explicar las variables particulares de un problema o fenómeno social.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s